La maldición del ahorcado.

El camino era largo y estrecho. Su forma sinuosa llevaba su pedregosa senda hasta la colina del ahorcado. Todas las personas del pueblo la conocían desde hacía muchísimo tiempo ya que en ella se habían ejecutado a muchos réos y también en épocas de guerras a personas inocentes que tuvieron la culpa de estar en el momento y sítio equivocado. Sobre ella caía una maldición o al menos eso decía la leyenda.

Ahora ese pueblo lo confrontaban solamente unas pocas casas con ancianos. Habían pasado siglos desde que aquella colina afortunadamente solo llevaba el apodo. Los pocos habitantes escuchaban como el viento susurraba con inquietud entre las calles como queriendo avisar de que algo estaba a punto de ocurrir. Los ventanales de madera de algunas casas golpeaban unos contra otros, era como si las cosas y la naturaleza se hubieran puesto de acuerdo para crear un siniestro concierto.

Un ruido traqueteante rompió la armonía de tan macabro concierto de viento y madera. Una vieja furgoneta VW T1 con una pareja dentro había llegado al pueblo. Eran dos jóvenes enamorados que viajaban sin rumbo con el único fín de la aventura y vivir buenas experiencias. Detuvieron el auto y se besaron. A través del cristal delantero veían el pueblo casi fantasma. El viento zarandeaba la furgoneta como queriendo avisarles de que ese no éra su lugar. Después de una larga ruta tenían ganas de descansar, y ese parecía el lugar indicado. Bajaron y cogieron su mochila. Observaron a su alrededor y no vieron nada, solo les atrajo aquél viejo camino que llevaba a la misteriosa colina. Desde donde estaban se podía obserbar una gran estaca en la mitad de aquel montículo. Obviamente, parecía el mejor sítio para relajarse, comer algo y respirar aire puro.

Agarrados de la mano comenzaron a caminar por el sendero. Según se subían notaron como su piel se erizaba de frio lo cual les sorprendió ya que estaban en pleno verano. Se detuvieron en la mitad del camino y de nuevo observaron su destino. Por un momento se abrazaron y tomaron aliento, como si estuvieran subiendo una gran montaña. Al final llegaron a la colina. Les había parecido eterna la subida. Agotados se sentaron en la mitad de la hierba. Sacaron de su mochila unos bocadillos y bebida y se miraron fijamente. Algo había cambiado. No eran los mismos. Sus gestos eran grises, sus manos huesudas, su piel pálida y sus cabellos lucían enmarañados. No podían articular palabra, era como si una soga aprisionara sus gargantas. Él, sintiendose ahogar se apoyó en la estaca que allí estaba. Al momento de tocarla su cuerpo se empezó a hundir en la tierra y transformarse en las raices de un viejo arbol. Una soga apareció alrededor de su cuello y sus ojos enengrecieron como la noche.

En pocos minutos allí estaba, clavado en la colina, observado por su compañera petrificada ante tal espectáculo dantesco de muerte y dolor. Intentó tocarlo sin poder hablar y cuando lo hizo quedó atrapada entre sus raices . Desde una ventana un viejo observaba el acontecimiento mientras daba sorbos a una taza de té, y dijo mascullando unas palabras:

                                                           ¨Nunca subas a la colina pues la maldición del ahorcado te atrapará¨

Después viento..calma y una antígua furgoneta VW solitaria en mitad de la nada.

 

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