La catedral y la Gárgola.

La niebla estaba haciendo que la noche fuera aún mas y mas confusa. Estaba allí solo, sentado en la cafetería de la esquina sin más compañia que un café bombón caliente, frente a la gran catedral gótica que tantas veces había visto pasando frente a ella en mi destino al trabajo. Ver aquella inmensa mole de piedra me hizo recordar la época de las Cruzadas, por aquel entonces quienes no podían engrosar los ejércitos que se dirigían a Tierra Santa, hacían su manifestación de fe y entusiasmo con inmensos sacrificios levantando las catedrales de su ciudad a cambio muchas veces del supremo perdón por sus pecados y un cielo ganado. Los reyes, los nobles y los clérigos hicieron gala de gran generosidad con la contribución de sus bienes. Los campesinos se enganchaban a los carros y llevaban piedras, vigas y alimentos a los obreros. Los artesanos agrupados en sus corporaciones juntaban dinero y ofrecían una vidriera o un objeto de culto. Eran épocas donde la Iglesia tenía un poder enorme, ligada a los Reyes del momento. Vidas marcadas por el ritmo palaciego, las conjuras y las traiciones. Entonces era facil ver a alguien en el poder y este ser sustituido porque había muerto ¨en condiciones extrañas¨. No obstante, las catedrales marcaron un punto de referencia para el pueblo, siendo no solo lugar de culto sino de grandeza para la ciudad que la albergaba.

Aquella catedral te observaba siempre. El tañido de sus campanas era en sí como gemidos del pasado. Cuentan los mas viejos que la parte norte de la misma es misteriosa, pues las piedras sangran . Cuando pregunté el porqué ellos me dijeron que por los que murieron construyendola y quedaron aplastados entre la argamasa y las toneladas de piedra.  Yo nunca ví ese maravillosa y extraña circunstancia, nunca, pero no puse en duda que murieran muchas personas en tal colosal arquitectura.

Como decía, en aquella noche fría mi café era lo único que me calentaba. La fría niebla se metía por tus huesos hasta helarte el tuétano. Tenía pereza de levantarme de la cafeteria y marchar hacia mi casa. El dueño del local ya había empezado a limpiar y subir las sillas encima de la mesa. Entendí la indirecta y me levanté dispuesto a marcharme. Ajusté mi abrigo y me puse los guantes. La niebla ahora era escarcha que caía como finas cuchillas sobre tu cuerpo. Al salir me encontré en mitad de la nada, la calle vacía, frente a mí, la catedral. No tenía sueño y el maldito frio hacía que aún tuviera menos ganas de hacer nada y eso que era la una de la madrugada. Me acerqué a la puerta de la catedral y empezé a subir mi mirada hacia la parte alta, donde están las gárgolas siniestras por las que cuando llueve escupen litros y litros de agua. Sus formas grotescas se confunden entre el centelleo del hielo y la niebla pareciendo tener vida propia.

Una luz rara parpadéa en una de ellas. Esa gárgola no es como las demás. Tiene forma de mujer, con partes de animal. Está en una de las torres del lado derecho, junto a la pequeña puerta de lo que en su día fué el acceso principal a aquél ala de la catedral. Una enorme inquietud me inunda, me asalta tal curiosidad que me es imposible no intentar subir a la torre. Que estoy diciendo..debo estar loco..el hielo ha debido congelar mi cerebro. Vuelvo a mirar, y el brillo de luz continúa. Miro y no veo a nadie, es el momento ideal para forzar la puerta . Las bisagras están muy oxidadas y viejas y no me es dificil que ceda con un par de golpes secos. Obviamente, esta puerta solo da acceso a la torre y a mi destino..la misteriosa gárgola.

Dentro de la escalera de caracol hace aún mas frio. Ni los guantes me protegen. Subo ansioso pero prudente pues los viejos escalones están redondeados y empapados por la humedad. Mis pies se tambalean ya que no es nada seguro caminar por allí. Es facil que no hubiera pasado nadie por allí en siglos. El vapor helado sale de mi boca, parezco una chimenea de hielo. Al final de las escaleras un pequeño portón abierto que da acceso al exterior. No sé lo que voy a encontrarme, una imagen grotesca de piedra, quizás la luz no fuera mas que el reflejo de los cristales de escarcha al caer..pero ya daba igual , estaba allí, a punto de descubrir si mereció la pena violar el acceso sagrado.

Mis ojos estaban llororos por el frio. Tuve que frotarlos para ver con claridad en la noche iluminada por los brillos de la luna y la niebla helada. Allí estaba. No tenía una cara grotesca con cuernos y grandes garras, ni una cola de león..era un ser petrificado, una belleza que rara vez podía haber tallado el ser humano. Estaba desnuda de cintura para arriba, sentada en cuclillas sobre la cornisa de piedra. Su cuerpo gris y frio tenía textura de Dragón alado, lo mismo que sus manos, garras poderosas. Me acerqué a su cara sin mirar abajo pues la distancia con el suelo eran muchos metros y no quería temer por mi vida a esas alturas. Sus ojos estaban cerrados. Acaricié con mi mano su frío rostro petrificado. Mi corazón latía nervioso, no sabía si por el momento o porque ella me causaba esa sensación. De repente abrió los ojos. Una luz potente salío de ellos que me hizo resbalar y caer hacia atrás. Cuando abrí mis ojos ella estaba de pié, sus formas pétreas ya no existían y ahora era de piel fina y blanca. Su belleza turbadora me hizo dudar si levantarme o quedarme allí sentado. No podía entender nada. Nunca creí en hechizos ni en magias de ningun tipo, pero aquello era algo irreal, fuera de lugar.

Alargó su mano y la estrechó con la mía. No articulaba ningun sonido, pero estar a su lado me daba paz. Yo ya no tenía frío, solo calor. Miré a sus ojos fijamente y mis labios se posaron suavemente en los suyos. Lentamente ella de dio la vuelta apartando su largo cabello y dejando ver su largo cuello. De nuevo mis besos comenzaron a saborear su piel, despacio..muy despacio, subiendo y bajando por el mismo,y al mismo tiempo haciendo que mis manos se posaran en sus pechos acariciadolos con suavidad.

Ella se giró y arrancó mis ropas. El hielo caía sobre nuestros cuerpos deshaciendose y mojandonos sin parar, lo cual hacía que emitieranos vapor en mitad de aquella noche invernal. Estabamos llevados por el éxtasis y la emoción, fundiendo nuestros cuerpos en uno solo sin palabras, con pasión y sin poder parar. La luz en sus ojos comenzó a fallar, es como si su energía se disipase por efecto de la nada. Empecé a notar su cuerpo frio de nuevo, como la primera vez que la toqué, el mio también dejó de sentir calor. Se levantó y se dirigió a la gran cornisa de la catedral. Su cuerpo volvió a la posición original y quedó petrificada mirando hacia mi mientras una lágrima de sal se quedó congelada en su mejilla de piedra.

Yo tenía mis ropas en la mano, mientras tiritaba de frio. No podía dejar de observarla, de amarla aún siendo de piedra. Me vestí y me senté en aquella cornisa a su lado agarrando su grotesca mano en forma de garra que antes fué una mano suave y cálida mientras el hielo cubría mi rostro.

 

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