Flores secas

La mesa vacía y un plato de porcelana frio encima con dos cubiertos cruzados encima del mismo. La salita comedor de aquella casa llevaba cerrada mas de cien años, y aún así, aquel plato nunca se retiró de la mesa. El mantel era ya amarillo por el tiempo pasado, al igual que las telas de araña que volaban de un lado al otro de la habitación mecidas por el aire que se colaba por las ventanas rotas de madera.

Con los ojos pegados al súcio cristal, ella observaba aquella mesa preguntandose que hizo dejarla así, cuando todo su alrededor estaba cubierto por unas sábanas blancas cubriendo los muebles centenarios de madera. Un crujido de una viga la hizo sobresaltar y golpeó su cabeza contra el cristal, abriendo la ventana.

Estaba atardeciendo, y en aquel pequeño pueblo a esas horas ya todos estaban en sus casas. Pero ella no. Siempre pensó que recluirse tan pronto era de viejas, por lo que decidió quedarse mas. No había muchas casas allí, y aquella era una de las de siempre, la que todos conocían y de que se hablaba demasiado sin saber nada de ella. Desde pequeña había jugado cerca, pero nuncahabía estado tan cerca. Las enredaderas del exterior eran amenazantes guardianes de la noche, con sus sombras y sus hojas decian que te alejaras..al igual que el golpear de las contraventanas de madera.

Pero el tiempo pasó, ella creció, y con ella su curiosidad. Sus brillantes y vivarachos ojos querían verlo todo. La ventana estaba abierta de par en par, invitandola con su leve crujido a pasar. Recogió su cabello con una goma y saltó sin pensarselo dentro de la casa. Un monton de telas de araña se pegaron en su ropa, lo mismo que una nube de polvo seco que hizo de la sala niebla espesa. Se frotó los ojos y tosió. Cuando el polvo se disipó delante tenía la mesa con el plato y aquellos cubiertos cruzados. Con su mirada recorrió todos los detalles, desde las sillas alrededor de la misma,  el viejo mantel con lindos bordados ya amarillentos, y algo que parecía un jarrón bajo la mesa.

Se agachó y con la mano lo agarró. Era un jarrón de cristal, ya opaco por los años. Dentro restos de hojas y flores secas. Lo volcó encima de su palma y lo acercó a su nariz como queriendo oler el aroma de aquellas flores que un día estuvieron en esa mesa, puestas por alguien, y que acabaron precipitadamente en el suelo.

Tal y como pensaba no olía mas que a polvo. Se levantó y alzó la vista hacia el techo. Siguió con su mirada las vigas de madera y la gran barandilla de la escalera. Cerró los ojos e imaginó como fué en su tiempo. Por un momento creyó oler flores frescas, aroma de rosas y jazmín, en un lugar como ese y a esas horas era imposible.

Abrió los ojos y se giró hacia la mesa. Esta estaba limpia, sobre el plato una suculenta comida ,y unas flores amarillas en el jarrón. Una luz tibia alumbraba el lugar y una anciana la esperaba sonriente sentada en  frente. Con miedo se acercó y se sentó. La vieja mujer de rostro amable  le hizo un gesto para que comiera. Con las manos temblorosas cogió los cubiertos y comenzó a comer. La comida estaba deliciosa. Un aroma a flores la envolvía cada vez que masticaba, y era acompañada por una amable sonrisa de una anciana. Aquello era muy extraño, debía ser un sueño pensó, pero no, estaba allí comiendo en un lugar mágico.

La anciana se levantó y desapareció por la puerta. Ella observó como se iba mientras tragaba el ultimo trozo de comida. Mientras desaparecía la luz que iluminaba el lugar se empezó a atenuar hasta desaparecer por completo. Un halo de tristeza empezó a inundar su corazón. La flores empezaron a marchitarse hasta convertirse en flores secas encima del mantel. Muy despacio se levantó y cabizbaja se dirigió a salir por la ventana donde se había colado. Saltó al exterior, y una brisa la recordó que aún estaba viva.

De nuevo el aire golpeó con fuerza la ventana y esta se cerró a su paso. Ya era casi de noche y la casa volvía a tener el aspecto siniestro de siempre. Volteó la cabeza hacia la ventana y volvió a ver la mesa con el plato y los cubiertos. Sobre su blusa, restos de flores secas. Caminó hacia su casa pensando si poder ordenar ninguna idea. De repente notó un bulto en su bolsillo. Metió su mano y sacó una vieja fotografía de una joven de principios de siglo que sospechosamente era muy parecida a ella. Su corazón empezó a latir con la fuerza de cien timbales, giró de nuevo su cabeza y en la ventana estaba el reflejo de aquella anciana saludandola.

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