Deseos de metal.

Con su martillo golpeaba una y otra vez el yunque mientras las chispas iluminaban su frenético rostro en la oscuridad de la herrería . Llevaba varias horas dando forma a una armadura especial, una con la que no debía temer a nadie. La gran mayoría de piezas estaban ya terminadas, los guanteletes, el peto, la cota de malla..pero la parte mas importante, el yelmo, aún no estaba listo.

Por alguna razón cada vez que estaba a punto de terminarlo, este se rompía en mil pedazos sin saber cual era la causa de su desgracia.Pronto llegó la noche, y con ella el aullido de los lobos que cada vez que la oscuridad se cernía sobre el pequeño pueblo hacían de su lúgubre sonido el canto que acompañaba a la oscuridad.

Cansado y deprimido colgó sus toscas herramientas en el lateral de la chimenea de fundición al igual que su delantal de fuerte cuero de vaca y se marchó a su casa . Según caminaba no podía dejar de darle vueltas al misterio del yelmo, el porque no podía concluir dicha armadura. El no era noble, al menos de cuna, si de corazón, fuerte y valiente. Tener una armadura igual a la de un caballero era un sueño para el, quizás la oportunidad de salir de aquella pequeña aldea donde todo era cada vez menos y cada día la gente moría sin mas que llevarse a la tumba que una lápida de piedra con su nombre mal labrado.

Amaneció y no fue el sol lo que le despertó sino su dolorido cuerpo de tanto golpear el metal. Salió temprano para terminar su trabajo, con miedo de no poder hacerlo, porque una maldición evitaba que lo hiciera. No sabía que hacer, como salvar esa situación. Estaba visto que a golpe de martillo no podía solucionar nada, pero el no sabía otra forma de crear un casco de metal, ya que de hecho, era la única forma de hacerlo.

De nuevo se cargó de valor y empezó a golpear el metal caliente dando de nuevo forma a su sueño de terminar lo que empezó. Las horas pasaban y su desesperación crecía con ellas. En el último golpe de martillo, el yelmo saltó le golpeó con fuerza en el rostro. Aturdido cayó al suelo sin sentido. Al despertar había pasado mucho tiempo. Se tocó su cabeza, dolorida por el fuerte impacto. Al tocarla notó que estaba fría, dura como el acero. Con cierta dificultad se puso en pié balanceándose como una barca zarandeada por las olas. Agarró su cabeza con ambas manos y palpó con ansiedad.  Su cabello era ahora una cresta de finos picos de acero, su rostro un pulido metal.

El yelmo que tanto había deseado crear ahora era parte de el. Se sentó en la silla al lado de la chimenea. Seguía tocándose sin parar, buscando un resorte que lo hiciera parecer normal, algún mecanismo que volviera a su rostro humano de nuevo. Desesperado, vio la pila de ascuas para fundir el metal y pensó en lo peor.

El miedo se apoderó de el. Intentó meter la cabeza en aquella pira de fuego, pero no pudo. Miró al otro lado y allí estaba su armadura, toda completa y decidió ponérsela ,completar el ciclo de su maldición y vivir para siempre en un deseo de hierro.

 

 

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