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Ojos perdidos

 

Hoy..como de costumbre, os presento un relato original, espero que os guste, feliz día amigos!!

Sentada en aquel antiguo altar de piedra  frente al mar ,escuchaba las olas romper sobre las rocas negras. Sus ojos no parpadeaban, solo estaban abiertos sin mas. Frente a ella, en medio de un islote estaba el castillo de la desesperación, lugar donde el nombre del que hacía gala no solo era un apodo, sino la realidad mas espantosa.

En sí hacía años que había sido abandonado, aunque se dice que mas de cien Reyes regentaron en su interior, y fueron esos cien Reyes los que acabaron locos arrojandose por el acantilado desde lo mas alto. Desesperación ante las sombras de lo desconocido, donde no existía ejercito lo suficientemente grande como hacer frente a aquello. Aquella mujer no podía llorar, su gesto triste decía que ella misma era una lágrima perdida en el mar ausente en un cuerpo distante de la realidad.

Ya estaba anocheciendo y la siniestra imagen de piedra en mitad del mar hacía desaparecer hasta a las gaviotas . Aún así, ella seguía impasible, sin moverse, fijando su mirada perdida en mitad de la nada. El viento comenzó a soplar y la maréa cambió,susurraba entre las olas de sal frases que solo los pescadores saben entender. Enfurecido, golpeaba hasta desgastar las rocas dejando ver su blanca espuma como estela en la noche mas profunda. Sus ojos reflejaban la triste luna, sin cerrarse, hasta que de repente los cerró. Una barca se aproximaba desde la fortaleza hacia ella remando a ritmo desacompasado, la silueta  de quien navegaba en ella era difusa pues la noche hacía confusa su imagen, pero por sus formas era posible que fuera un hombre.

La barca llegó a la orilla. De un salto sus pies se clavaron en la arena mojada, con un inquietante sonido metálico. Despacio se acercó hasta el altar de piedra donde estaba sentada aquella mujer impasible ante todo. Continuaba con sus ojos cerrados, respirando ritmicamente, fría como un témpano de hielo. El hombre se sentó frente a ella. Agarró su mano y la miró fijamente a su rostro, como esperando una señal que le dijera que estaba allí con el. Sus ojos empezaron a cansarse de mirar, por lo que la agarró en sus brazos y la subió a la barca.

Empezó a remar de nuevo en dirección al castillo de la desesperación. Era como si tuviera que dar de comer el ego de aquella fortaleza vacía y ruinosa, cimentada con los huesos de los locos. Después de un rato arribó en el islote. El viento aullaba entre las piedras como queriendo despertar a la joven, mientras el caballero la subía en sus brazos hacia el portón del castillo. Las escaleras angostas y empinadas decían ¨No subas¨pero el continuó subiendo. AL llegar ante la puerta, la dejó inerte sobre el suelo y la besó. Nada cambió, solo la puerta se abrió y salieron mil lamentos de dentro que la envolvieron con sus almas y se la llevaron flotando hacia la torre de los condenados.

Hechó mano a su espada, pero esta no se movió de su funda. Sus ojos quedaron perplejos ante el ritual de terror y luz. Intentó entrar tras ella pero sus pies estaban aferrados al suelo por la hiedra salvaje. Cuanto mas intentaba zafarse, mas prisionero quedaba. A través de las pequeñas ventanas del torreón podía seguir a la luz que la transportaba hacia lo alto. Su voz no se escuchaba al intentar gritar, la impotencia se clavaba en su corazón mientras observaba el cercano fin de la dama. El la llevó pensando que era una mujer perdida, que apareció como otras en la orilla. A veces, se decía que cuando las regresabas a su lugar recobraban la cordura, pero en este caso, era mas que probable que algo la volvió inerte, con los ojos perdidos, lo que fuera o viese, el no lo sabía. Ahora era prisionero de su acción.

Una tormenta se desató en la noche. Los rayos caían por doquier, y el agua golpeaba sobre el sin poder moverse, esperando su pronto final. Desde la gran torre, donde cien Reyes saltaron al vacío dando con sus huesos en las rocas del precipicio, estaba la mujer. De pié, con su vestido negro hondeando al viento, y con los ojos perdidos. Esta vez abiertos pero sin vida, negros por dentro. Abrió los brazos y se dejó caer al vacío.

El hombre gritó, o al menos lo intentó. Ningún sonido salió de su boca, notaba como sus cuerdas vocales se retorcian intentando emitir sonido alguno, pero no, solo mirar mientras ella caía. Las olas crecieron mas y mas, haciendo que el caballero pereciese ahogado y golpeado contar la escalinata del castillo. De repente, antes de golpear contra el rompeolas de la muralla, la joven es recogida por las olas en vuelo, y la depositaron de nuevo frente al altar de piedra. Cruel destino el de ella, inmortalidad en un ciclo de locura y pasión. Cuentan los mas antiguos que en las noches de tormenta se ve a una mujer con ojos perdidos y negros como la noche sentada frente al mar, y quien la intenta ayudar, aparece muerto en la isla del castillo de la desesperación.

Foto: fotosguapas.net

Corazón helado.

El sol ya había empezado a calentar y solo eran las 7 de la mañana. La verdad es que durante toda la noche el calor había sido el protagonista indiscutible arropandonos con su pegajoso tacto, sin poder pegar ojo, ni la asusencia de ropa ni los grandes abanicos de palmera accionados manualmente sobre nosotros hacía mas soportable aquel infierno.
Alrededor nuestro no existía nada..solo rocas ennegrecidas rodeadas de arena negra, tan caliente que caer encima de ella era sinónimo de morir abrasado. Vivíamos en una época donde el ser humano no era mas que un peón en un viejo tablero de ajedrez, donde se juega eliminando adversarios con la diferencia de que estos son reales.

Los meses pasaban muy despacio. Se podía escuchar el aleteo de las moscas zumbando a tu alrededor mientras las intentabas espantar con un gesto torpe y desganado, consiguendo solo acalorarte aún mas y hacer que otras te incordiaran hasta límites de romper tus nervios en pedazos. Aquel gran castillo en mitad de la nada, no era mas que un montón de escombros reconstruidos..donde solo la gran torre gótica se alzaba imponente desafiando al mismo diablo. Cuando llegamos allí eramos mas de 300 hombres armados con sus armaduras ligeras , armas afiladas y sonrisas en el rostro. Hoy solo 13 sobrevivíamos a aquel infierno en vida, sin salida, sin mas que esperar que la muerte lenta y desesperante.

Las espadas se oxidaban en sus fundas, sin uso..al igual que sus ropas acumuladas en una habitación derruida. La mirada de todos ellos denotaba tristeza y a la vez anhelo por descubrir como salir de allí. Uno de ellos se levantó. Su cuerpo desnudo estaba lleno de cicatrices y su brazo izquierdo, el que suele portar el escudo estaba lleno de horribles quemaduras. Giró su cabeza hacia un hueco de la piedra en lo alto y allí lo vio..el Dragón negro.

Alado, con fuertes espinas en sus alas. Solo acercate a el era sentir su calor, su fuego. Las armas eran como pequeñas astillas de madera contra aquel poderoso ser alado. El era el último de 100 grandes dragones, los que acabaron con los demás hombres del castillo. El soldado volvió su cabeza hacia el suelo, girando de repente hacia su espada. La piel le hervía, el sudor empapaba sus ojos que este a su vez enturbiaba su mirada haciendo la visión sobre lo que le rodeaba seres extraños y grotescos. Agarró su espada con fuerza. La empuñadura quemaba grabando las correas del fino metal en la palma de su mano. Con un gesto empezó a mirar uno a uno a sus compañeros y estos comprendieron la señal.

Fueron levantandose uno a uno y dirigiendose a la habitación se pusieron sus vestimentas polvorientas sobre sus cuerpos quemados por el sol y el calor. Comenzaron a subir a la azotea de la torre principal para hacer frente a su destino, los 13 caballeros..soldados del destino buscando su liberación final.

El Dragón negro los divisó y empezó a bajar en circulos amenazantes sobre ellos. Todos formaron una barrera con sus escudos impregnados de barro seco que previamente habían mojado con el agua del pozo salubre del pátio de armas. El Dragón comenzó a escupir fuego sobre ellos de manera constante. Esto hizo que los escudos se quebraran sobre sus brazos. Algunos blandieron sus espadas para asestar mandobles sobre el Dragón..pero eso no sirvió. Con sus garras los despedazó como mantequilla recién hecha. Solo quedaba el..sus ropas estaban quemadas dejando ver su cuerpo desnudo, su espada mellada y sus barbas enmarañadas por el sudor y el calor que derretía sus cabellos.

El Dragón se acercó a la altura de sus ojos. Se miraron firmemente. Obviamente el no tenía nada que hacer contar tal monstruo, pero su ira era tal que el mismo Dragón podía sentir su fuego interior. Soltó su espada y abrazó su enorme cabeza. El Dragón abrió sus fauces para golpearle con fuego cuando el caballero comenzó a arder sobre la béstia. El animal intentó zafarse pero cuanto mas lo hacía..este mas ardía. Fuego con fuego..ira con ira..hasta el final.

Una gran bola de fuego cayó sobre las rocas y se deshizo en múltiples estelas de color. Cuando desaparecieron solo había un pequeño trozo de lo que parecía un corazón..era un corazón helado.

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