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LA MONTAÑA.

Desde el balcón podía ver aquella montaña, altiva y poderosa que en otra épocas había sido un volcán. Rodeada y abrazada por las nubes daba la sensación de ser mas alta de lo que es realidad era. La solía gustar salir a respirar el aire puro, hinchar sus pulmones con el viento fresco de la mañana, y desperezarse dando sorbos a un rico café recién hecho.

Se frotó los ojos y bostezó. Desde que había llegado a aquel pueblo perdido entre la selva y la gran ciudad solo pensaba en ordenar su desbaratada mente y relajarse pensando solo en ella misma. La vida no había sido justa, todo lo que la había pasado correspondía al destino mas torcido y enrevesado que se podría imaginar, desde su vida personal, su trabajo, sus amistades..todo. Cuando creía que había llegado a la cima, descubría que sus cimientos eran de arenas movedizas, hundiéndose y teniendo que volver a empezar. Había empezado tantas veces que ya perdió la cuenta.

Su eterna motivación era asaetada una y otra vez por las flechas envenenadas de personas sin escrúpulos que veían en ella la pieza que les faltaba para completar el rompecabezas de su crecimiento. No pensaba en otra cosa que no fueran los demás  ,nunca en ella misma, hasta que un día dijo basta, no lo soportó y lo dejó todo por una vieja casa cerca de la gran montaña donde poder encontrarse de nuevo a si misma, reconstruyendo su desgastado y torpe corazón que no podía diferenciar en la fantasía y la realidad.

Un día llamó a la puerta una anciana. Ella abrió la puerta sin temor y la dejó pasar. La anciana sonrió y la dijo ¨Tu vida es como la montaña que ves cada mañana al levantarte, parece imponente y poderosa, pero puedes subir por ella y conquistarla ¨..la dio la mano y con la otra señaló a lo lejos . Cuando divisó de nuevo aquel gran volcán su corazón empezó a latir como la lava en su interior, era como si algo inactivo se activara de nuevo. Giró la cabeza y la anciana había desaparecido.

Miró en una esquina y allí estaba su vieja mochila. La llenó con lo justo y saliendo con paso firme se fue hasta la montaña. Las calles empedradas comenzaban a desaparecer en la medida que ascendía, hasta ser solo rocas y pequeños arbustos lo que se encontraba en el empinado sendero. Paró un momento a respirar, tomar aliento. Por un momento, pensó que aquello ya lo había vivido, y quizás era así porque empezó a pensar en las palabras de la anciana, ¨tomar aliento¨era lo que uno hace para continuar en los retos de la vida.

Continuó subiendo. Por un momento notó como le faltaba el aire, pero eso no la impidió seguir avanzando. Se aferró a un roca saliente para darse impulso en una zona poco estable , pero esta cedió y cayó rodando varios metros abajo. Dolorida, se incorporó maldiciendo cuanto veía. Volvió a subir..esta vez con mas cuidado. Según avanzaba y miraba atrás, mas bonito la parecía todo. Desde allí arriba todo era mas pequeño, minimista y silencioso, nada que ver cuando estas abajo rodeado de ruido . Ya quedaba poco para llegar a la cima, muy poco, unos metros mas y llegó al gran cráter inactivo que un día fue un terrible volcán. Desde allí observó su gran diámetro y comprendió desde lo mas alto que eso es lo que debía ser..grande y poderosa, fuerte y con defensas naturales, un sitio donde todos desearan llegar para encontrar la paz y el consejo, sentirse admirada y respetada como la gran montaña. Al final , las palabras de aliento de la anciana eran la visión de la realidad, podía ser mejor, conseguir crecer y subir al igual que lo hizo con la montaña, porque encontrarse a si misma siempre estuvo frente a su balcón y en su interior.

Desde ese día siempre recuerda esto..no hay montaña lo suficientemente alta para que no sea escalada..al igual que tu vida todo puede cambiarse y mejorarse, solo tienes que quieres trepar sobre tus miedos, fracasos y decepciones.. solo así conseguirás la cima.

Samurai..la leyenda de Yukimura.

Toda su familia había sido Samurai desde el siglo X . Ahora en los albores del siglo XVII, Yukimura estaba sentado tomando un tazón de arroz blanco con yasai y nori al vapor, mientras observaba partir a los últimos soldados a la batalla. En la última había sido herido y trasladado por sus compañeros al poblado , sacándolo de la formación Kakuyoku en la que se encontraba. De manera desafortunada una flecha enemiga lo alcanzó prácticamente antes de poder entablar combate atravesando por el angulo de disparo su tosei gusoku, armadura de los Samurais .

Recordaba mientras masticaba un trozo de nori su infancia, su rígido entrenamiento con la espada, después el arco y la lanza. No había día que no trabajara en su formación militar, desde temprano,con la noche aún era la guardiana de su vida, golpeando, saltando, corriendo a través del bosque y el prado hasta que sus articulaciones no podían mas. Descansar brevemente y comer algo ligero era lo único que podía permitirse después del largo entrenamiento, ya que unas pocas horas de sueño eran suficientes para volver a empezar. Los recuerdos siguieron aflorando hasta llegar a quedar su mirada fija, sin parpadear.Sobre su mente empezó a suceder de nuevo lo que el pasado le trajo donde estaba ahora.

Un día un gran señor Daimyo pasó por la aldea siendo el aun pequeño. Su séquito era impresionante, al igual que su armadura dejando asombrado al joven de no mas de 13 años. Su padre lo conocía al haber combatido con el en numerosas batallas, habituales dentro de la conquista de diferentes territorios. Con ceremoniosa actitud pasaron a reunirse dentro de la humilde casa. Cuando salieron , su padre acarició su negro cabello y besó su frente. Sin mediar palabra se dio la vuelta, y los soldados del gran señor se llevaron al pequeño dentro de la carroza. Aquella fue la última vez que vio a su padre.

En el gran Castillo Odawara vivió hasta cumplidos los 25 años. Aprendió aún mas el noble arte de la guerra, las artes marciales y la cortesía de los nobles Japoneses. Cada vez que salía del Castillo era para luchar. No eran pocas las cicatrices de batalla que ya tenía pese a su juventud, pero adoraba luchar. Un día un emisario llegó e informó que su padre estaba muy enfermo, su antiguo poblado casi reducido a cenizas por los constantes ataques de un familia rival, mejor armada, y diestra en las artes marciales ocultas. Yukimura solicitó acudir a sofocar aquellas incursiones y salvar con ello el honor de su familia, pero el gran señor se negó. Orgulloso y poderoso, no admitió réplica alguna.

Yukimura estaba enojado. Había apretado los puños hasta clavar sus uñas en la piel y dejar derramar su sangre por la rabia contenida. Para los demás solo era un militar, alguien que utilizar en un momento de entre-guerras, no importaban sus sentimientos, ni sus años de servicio,solo era una piedra en mitad de la montaña. Pensó que debía rodar libre, saltar al vacío, salir de aquella impenetrable fortaleza para ir al lado de su familia. Giró su cabeza y vio un caballo preparado para salir a patrullar. Saltó sobre el y espoleo su lomo para hacerlo correr deprisa mientras salía por la puerta del Castillo.

La voz de alarma fue general y el gran señor ofendido por haber desobedecido su orden, mandó prenderlo y matarlo. Varios soldados salieron a buscarlo pero Yukimura ya estaba lejos. Detuvo su caballo en lo alto de una colina y se sentó bajo un precioso sauce , Sacó un odre de agua y bebió despacio mientras respiraba con dificultad. Desde lo alto podía divisar su poblado. Aún quedaba terreno por recorrer, pero estaba mas cerca de poder abrazar a su padre.

Montó de nuevo y cabalgó en la noche. Cuando llegó a la aldea no había nadie. Solo las cabezas cortadas y apiladas en una de las mesas. Toda su familia, sus seres queridos, sus amigos..todos, mirándolo con la mirada petrificada por la espada de la muerte. Siempre odió este ritual, era horroroso, no veía honor en ello ni diversión alguna. Cerca de allí encontró caído en el suelo un pañuelo rojo y verde, igual al que llevaban los soldados del gran señor Daimyo . No había sido la familia rival, sino su antiguo dueño de quien había escapado para salvar a quien el mató.

Un ruiseñor cantó mientras una lágrima caía por su mejilla. Dejó el cuenco de arroz en el suelo y despertó a la realidad. Se levantó con dificultad pues la herida estaba muy fresca y agarró su Katana. Con precisos gestos empezó a entrenar viendo de cerca a su difunto padre, sonriendo, con benevolencia y admiración.

Un soldado apareció. En todo este tiempo, Yukimura había conseguido un pequeño ejercito descendientes de los Ikko Ikki, monjes guerreros prácticamente indestructibles por el conocimiento de las artes marciales y la lucha, además de su inquebrantable fidelidad. El soldado bajo del caballo y se postró ante Yukimura. Levanto la mano derecha y en ella tenía un pergamino con el sello de su enemigo. Lo tomó y ordenó esperar al emisario. Al abrirlo, descubrió que era una petición para que se rindieran sin condiciones, prometiendo una muerte rápida y honorable. Con la espada cortó la mitad del documento y se la dio al soldado para que llevara esa clara respuesta. Ahora la suerte no era una opción, sino, un aliado deseable en condiciones tan desfavorables.

Entró en la casa y con ayuda de un joven aprendiz se puso su armadura. Su ejercito estaba siendo diezmado por las huestes enemigas, lo necesitaban. Notó una sensación húmeda en un costado, era sangre. La herida se había abierto de nuevo. Colocó por último su Kabuto y montó en su caballo. Los guardias personales le siguieron hasta la colina donde dirigir sus tropas. Decidió utilizar la técnica Gyorin, utilizada para romper las pétreas filas enemigas. El iría en cabeza.

El choque fue brutal. Dicen que el sonido de las espadas y el relinchar de los caballos sonó a varios kilómetros a la redonda. El frente del gran señor se rompió, pero quedaron muy pocos samurais de Yukimura. Katana en mano, la proporción era de 10 a 1, pero los monjes guerreros aguantaban asaetados,  sangrantes y moribundos. La noche empezó a extender su manto para tapar el verde prado empapado en sangre y acero y aún Yukimura resistía sin ceder un palmo.

La noche dio paso al amanecer, el campo era una alfombra de cuerpos, y sobre el, un guerrero,Yukimura. Nadie salvo el sobrevivió a aquella batalla. Tembloroso y herido caminó entre los cuerpos despojándose de su abollada armadura para quedarse desnudo frente al mundo..el mismo mundo que le arrebato todo.

Cuenta la leyenda que si paseas por aquella aldea, hoy ya desaparecida, aún se escucha el grito de batalla de Yukimura, el tronar de las trompetas en el fragor de la batalla, y si caminas por el verde prado, puedes observar unas flores rojas que inundan todo el valle, dicen que cada una es la sangre de quienes cayeron por el honor de Yukimura, el Samurai.

El abrazo final.

Sus ojos estaban enrojecidos de tanto llorar.Sus suspiros se mezclaban con las lágrimas que resbalaban por su mejilla mientras acariciaba la fría lápida con sus uñas arañando despacio el duro y pesado mármol. Llovía a cántaros,sin parar, dejando que su maquillaje hiciera dibujos en su bonito y triste rostro.

Nadie estaba en el cementerio en ese momento, algo muy normal pues eran las 4 de la madrugada. Ella había salido en mitad de la noche porque no podía dormir ya que hacía dos días que había perdido a su amado. Fue de repente, sin nada que predijera que aquello iba a ocurrir. La noticia había desgarrado su corazón y de las personas cercanas a el pues era muy querido. Aún recordaba su sonrisa, aquellas bromas tan divertidas que hacían que se riera de una forma especial, sus caricias y la insistente y pasional forma de hacer el amor. Hoy no era mas que otro en aquel silencioso cementerio lleno de humedad y huesos, donde ella había jugado de pequeña a esconderse entre las tumbas de los mas ancianos. Ahora estaba intentando con los ojos cerrados ver a través de una de ellas, imaginar su sonrisa y pensar, que cuando abriera los ojos, estaría el a su lado, tocando su cuerpo y haciendo muecas con su cara.

La lluvia comenzó a ser mas y mas intensa. Ella se tumbó encima de la lápida abrazándola y sollozando sin parar. Un rayo iluminó todo el Camposanto dejando ver la sombra de todas las cruces  sobre el como un concierto de  luz a golpe de tormenta mientras los truenos eran los timbales que acompasaban el espectáculo gótico en el lugar sagrado.

Puso sus labios sobre el mármol y susurró su nombre , entre palabra y palabra besos de amor. Comenzó a temblar por el frío y el agua. Quería morir allí, abrazada a la nada, con el único compañero que el recuerdo de la felicidad pasada. Por un momento creyó reconocer un olor especial, el mismo que el llevaba cuando entraba por la puerta después de venir a trabajar, pero pensó que era posible que alguna planta, el barro y la lluvia fueran los causantes.

Foto: minube.com

El aroma se volvió mas y mas intenso. Levantó ligeramente la mirada y allí estaba, sentado junto a ella, con aquella sonrisa picaruela. Se secó las lágrimas y se abalanzo sobre el, abrazándolo y besándolo sin parar. No podía ser cierto, el estaba muerto, no era posible que aquello fuera real, aunque lo era, podía olerlo, tocarlo y sentir el sabor de su boca. Se miraron fijamente y sonrieron mientras salieron juntos por la puerta del cementerio.

Amaneció y llegó el viejo que siempre arreglaba las tumbas. Estaba todo bastante inundado pero pala y carretilla en mano se dispuso a su labor diaria. De repente dejó caer sus herramientas. Allí frente a el estaba el cadáver de una joven abrazada a una tumba, con una sonrisa en su rostro.

 

La Cámara.

Llevaba allí demasiado tiempo.  Aún recordaba el momento del aquel flash que deslumbró sus ojos y que apenas pudo tapar con su brazo. En el intento de hacerlo su sombrero había volado por los aires y caído al suelo. Estaba en el año 1955, gran año, pero no para el.

Estaba saliendo de un juzgado de Chicago, acusado de unos cuantos delitos de los cuales decía no era culpable, entre ellos la estafa de una construcción de un edificio que por defectos de su diseño se había desplomado matando a mas de cien personas. El siempre negó que fuera culpable, solo era un vigilante, una cabeza de turco de un poderoso mafioso que vio en el la manera de quitarse de en medio un montón de muertes sin sentido. Quizás estaba en el lugar y la hora equivocada.

Ni siquiera le habían proporcionado un buen abogado, solo uno de oficio mal pagado y sobornado para que su fin fuera la cárcel  con la máxima condena, la cadena perpetua.  Ahora, después de una farsa de juicio, salía odiado por la multitud, con deseos de matarlo, mientras el mafioso fumaba un enorme puro desde el otro lado de la calle, sentado en su fastuoso Cadillac mientras portaba una mueca de satisfacción que hacía de su opulento rostro un guiño a la injusticia de la vida.

Intentó agacharse a por el sombrero, y entonces es cuando ocurrió. Al levantar si cabeza, descubrió que estaba en un lugar extraño, pequeño, y por el que podía ver algo de luz a través de un circulo de cristal, una ventana que se habría y cerraba a toda velocidad. Rápidamente pegó su cara al cristal y desde allí veía a las personas correr hacia todos los lados, buscándolo, sin saber donde encontrarlo. Nadie podía encontrar a aquel hombre inocente, acusado de todos los males, porque estaba dentro de la cámara.

Los nervios se apoderaron de el, intentó gritar, arañar la esfera pero nada funcionaba. Sentía que el aire le faltaba, el oxígeno era algo que allí dentro no existía. Sin mas fuerzas que las justas, desfalleció quedándose sin sentido.

La puerta de aquella tienda de antigüedades se abrió. Entró una mujer de muy buen ver, y empezó a mirar algunas de las antigüedades que allí habían. Pronto se fijó en una cámara de fotos , era de las antiguas, de esas que tienen un flash extraño. Posiblemente era de los años 50 y aquello la apasionaba. Aunque estaba en pleno siglo XXI siempre vio esas viejas reliquias una magia inexistente en los modernos aparatos.

Agarró su mano y acarició la antigualla con deseo. Sus pupilas se dilataron y el vendedor vio en eso una venta segura. Se acercó y en pocos minutos ella salía con una bolsa y la cámara dentro de ella. Cuando llegó a su casa saco la cámara de fotos y comenzó a examinarla. Estaba en bastante buen estado, todo funcionaba perfectamente. Estaba deseosa de hacer fotos con ella, no le sería difícil conseguir un carrete de 35mm, cerca de allí había una tienda que aún los vendían. Cuando tuvo el viejo rollo en su mano abrió la cámara y lo puso, girando la ruleta para dejarlo preparado para ser accionado. Un ¨Clik¨tras otro en las calles de Chicago. Su corazón latía con fuerza imaginando que era lo que saldría de allí, un extraño deseo cuando las modernas cámaras digitales hacían maravillas.

Fueron horas de paseos y algún café tras otro. Al final el carrete paró y marchó a su pequeña sala de revelado. Fueron horas de nervios en mitad de aquella luz roja. Las fotografías iban tomando forma. Su rostro se quedó petrificado. Allí solo había fotos de un hombre corriendo en un pasillo circular, algunas frente a una gran esfera de cristal, otras su cara deformada por el objetivo, como si en la foto hubiera pegado su cara contra el.

Ninguna foto de aquellas calles, ni las personas, ni  aquella farola que tanto la gustó , ni aquel parque en la principal..nada, solo fotografías de un hombre desesperado encerrado durante años.

Se sentó en su sillón y abrió una cerveza. Se quedó mirando sus fotos. Una enorme desazón la invadió por momentos mientras bebía con ansia su birra.  Sorbo tras sorbo terminó y se fue a dormir. Despertó sobresaltada, con tremendas pesadillas. Aquella cámara tenía el secreto de alguien dentro, alguien que perdió su vida por algo que nunca hizo, por estar en el momento equivocado, hechizado para siempre en una máquina fotográfica .

Se sentó al borde de la cama. Notó algo a su lado, una brisa, la ventana se había abierto y el viento golpeaba la cortina contra la pared. Miró al suelo y allí estaba, un sombrero de los años 50. Se agachó por el y se lo puso. Al hacerlo una sensación de relax la invadió. Por alguna razón se acercó de nuevo a ver las fotos colgadas en la sala de revelado. Algo había cambiado, el hombre ya no estaba, solo un pasillo vacío en medio de la nada.

 

La barrera de tu vida.

La luna estaba en su pleno esplendor, como la noche, silenciosa y con una suave brisa que apetecía pasear por el viejo sendero del pinar. Todos conocían aquel camino descuidado en mitad de un bosque lleno de pinos y robles, en cuya orilla el tomillo,el Romero,y la lavanda hacían del paseo una amalgama de olores que te envolvían en cada paso .
Ella tomaba lentamente su cerveza sentada en una piedra. Había ido sola hasta allí con el animo de alejarse del mundo, con su bebida en la mano,miraba de vez en cuando al cielo oscuro y a la luna como queriendo preguntar el porque de muchas cosas que no encontraba su sentido.
En si..había tenido una semana mala. Su coche se había averiado, su trabajo no iba nada bien y lo peor de todo..sentía que había perdido su vida. Se sentía prisionera, envejecida y sin ganas de evolucionar.
Cuando paso por la tienda de comestibles decidió comprarse unas cervezas y acercarse al sendero para relajarse un rato, o quizás, pasar toda la noche en aquel descampado .
Una tras otra las cervezas fueron cayendo hasta que solo quedo una sola, que saboreaba como si fuera a perder el aliento.
Tomo el ultimo sorbo y dejo la botella junto a una piedra. Se levanto y noto como el poder de la bebida la hacia perder su equilibrio.
Allí sola como estaba, comenzó a bailar imaginando antiguas canciones de los 70, aquellas músicas protesta contra la guerra del Vietnam.
Según daba vueltas sobre si misma levantando los brazos y tarareando canciones, se iba adentrando en el camino del pinar.
Sus pasos y bailes hacían del camino un sendero de gloria. No sentía ninguno de sus problemas, en ese momento era feliz, absorta en su particular mundo de relax.
Respiro hondo y comenzó a reír sin parar. Solo los arboles y algún animal nocturno eran testigos de su locura transitoria..una locura de la que muchos de nosotros nos gustaría tener mas a menudo.
Cayo sobre su trasero en el arenoso camino. Una suave brisa la despejo de su sueño etílico y levanto la vista. Lo que frente a ella se mostraba no lo había visto nunca. Eran unas enormes puertas de hierro, una verjas que estaban cerrando el paso de un camino que siempre era transitable.
Se levanto del suelo y con sus manos acaricio el frío hierro. Intento empujarlas pero no se abrían. Nadie podía impedir el paso en aquel lugar..pero allí estaban, como muro contra el que toparse.
Pego su cara a los barrotes y noto un olor conocido, como si detrás estuviera esperando ella misma cuando era pequeña, aquel aroma era el mismo que el de su cabello en su infancia.
Volvió a golpear con fuerza la verja y esta cedió un poco , lo suficiente como para pasar su delgado cuerpo entre ella.
La luna se reflejaba en sus pupilas dilatadas en la noche. Cuando se encontró al otro lado miro su cuerpo, algo había cambiado. Toco su cara y noto que era suave, al igual que sus manos. Había retrocedido en el tiempo. Aquel camino era el que en su recorrido topo con la barrera mas difícil, la de franquear a su propio yo y volver a empezar de cero, sin miedos ni locuras.
Desde lo mas profundo de su ser, según comenzaba a amanecer, sintió que estaba viva de nuevo. Una mueca traviesa se dibujo en su rostro y comenzó a correr por el nuevo camino hacia su libertad.

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Desde la azotea.

Siempre le gustó aquel lugar. Cuando lo descubrió sintió que podía ser libre, observar sin ser visto, tener como cómplices a los pájaros que allí se posaban junto a la barandilla de su terraza de piedra. Llevaba allí una semana, sin apenas muebles, solo lo justo para vivir, pero tenía lo mas importante..su azotea .

Desde por la mañana solía tomar café recién hecho en una cafetera de las de antes, aquellas que inundan la habitación de ese rico aroma que te envuelve y te despierta unas enormes ganas de tomarte una gran taza. Cerraba los ojos mientras lo saboreaba despacio. Después inspiraba el aire fresco de la mañana, en los primeros albores del amanecer, cuando aún el mundo no ha contaminado las calles. Después se calaba su sombrero color gris verdoso y bajaba a por su periódico. Todos los que lo conocían veían en el a una persona diferente,misteriosa, siempre con una sonrisa dentro de la seriedad de un caballero que ya había vivido muchas historias diferentes en lugares donde otros no podrían ni imaginar.

Aquella azotea era lo mas parecido a un bunker secreto, desde allí dominaba el mundo, aunque pequeño desde lo alto. Un día el dueño del kiosco no lo vio bajar, era extraño pues ningún día había fallado en su rutina de recoger el periódico. Pronto se enteró, que esa misma mañana apareció muerto, en la terraza de aquella azotea, con una taza de café aún caliente en su mano y su sombrero clásico calado hasta los ojos, con la mirada perdida en el horizonte.

Pasaron unos meses. Desde allí arriba todo seguía igual, pero por alguna razón aquella azotea estaba fría  ,solitaria, con una vieja silla vacía en medio del terrazo frío y duro. Pero cada mañana algo mágico sucedía ya que en la barandilla de piedra, aparecía una taza de café caliente  junto con un sombrero. Dicen que es un espíritu libre que cumplió su vida y desde allí arriba sigue observando al mundo..desde la azotea.

 

El beso del adiós.

Sentada en la parte de atrás de aquel automóvil militar intentaba acomodarse como podía en mitad de aquella carretera bacheada por las bombas. Toda la población había sido evacuada porque los aviones aliados no dejaban de bombardear una y otra vez. Lo único que allí quedaba era una pequeña dotación antiaérea con cañones Flak 88 y un pequeño destacamento de la Wehrmacht, mal equipado y desnutrido. Estaban el los últimos días de la segunda guerra mundial, y lo que en un día fue un ejercito poderoso e imparable, hoy luchaba con uñas y dientes por defender lo que quedaba de su imperio.

Ella estaba en una esquina sentada al lado de un poste de telégrafos caído y agujereado por las balas cuando un oficial alemán en un Kubelwagen se detuvo a su lado y se ofreció llevarla. La verdad es que ella tenía poco que perder, su familia había desaparecido tras los escombros de la gran manzana, cuando huían por el bombardeo. Todo lo que allí rodeaba era muerte y destrucción, y su bonita silueta de mujer elegante y seria pese a los acontecimientos que se estaban desarrollando, por lo que se subió a aquel vehículo  .

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Con su cabeza apoyada en un lateral, sus ojos vidriosos por las lágrimas, intentaba ocultar su tristeza. Según se alejaban por la carretera, montones de personas arrastrando lo poco que tenían y cientos de soldados heridos era lo que mas abundaba en el paisaje. El oficial detuvo el coche mas adelante, junto una vieja granja abandonada. Salió y se alejó detrás de un muro de piedra. Un disparo sobresaltó a la mujer. Se había suicidado con su Luger. Según circulaban, había escuchado por la radio militar que Alemania se había rendido.

Ahora ella estaba sola, en mitad de una carretera sin nada mas que su ropa y sus lágrimas como compañero de viaje. Por un momento pensó en Hans, su esposo, que había ido a luchar al frente ruso hacía ya 3 años..y de donde nunca regresó. Ahora no tenía nada. Los aviones habían dejado de bombardear y solo se escuchaban algunas bombas y disparos en la lejanía.

Empezó a caminar por la carretera abandonando el Kübelwagen y al oficial caído tras el muro. Sus pasos sonaban tristes al igual que el golpeteo de su corazón mientras se alejaba en dirección a ninguna parte. En un improvisado hospital de campaña, hecho dentro de una mansión derruida, estaba parte de una destrozada unidad militar alemana, esperando su captura por parte de las tropas aliadas, llenos de heridas y semblantes tristes. Ella observó desde la orilla aquellas camillas, el color opaco de sus rostros y los gritos de dolor por las heridas. Miró al suelo y respiró hondo.

Una voz familiar pero lejana dijo su nombre. Al principio creyó que era un sueño, un juego del cruel destino al que estaba abocada  , pero cerró los ojos, y se concentró en aquella voz lastimosa que la llamaba. Volvió a escucharla, venía de una de las camillas que estaban bajo el enorme porche derruido de la casa hospital. Se acercó temblorosa y a la vez emocionada. En medio de tanto dolor, esa voz era como una bomba de oxígeno en mitad del vacío. La voz dejó de llamarla. Se sintió perdida entre tanto dolor, su cabeza giraba de un lado a otro y miraba los rostros de los soldados sin ver a nadie que ella conociera.

De repente vio una mano que la agarró desde una camilla. Llevaba un anillo conocido. Era Hans, estaba herido de muerte. Aún tenía una sonrisa en su rostro cuando por último dijo su nombre. Ella lo besó apasionadamente mientras notaba como su alma abandonaba su destruido cuerpo acribillado por las balas. El doctor intentó separarla de el, pero no pudo. En su último beso, ella se fue con el, liberaron su alma de su cuerpos dejando sobre la camilla dos cuerpos abrazados y sin vida, besándose en su último suspiro.

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